lunes, 16 de junio de 2008

Nieves del Kilimanjaro tambien desaparecen


África se deforesta, sus ciudades crecen sin control y pierde sus glaciares a una velocidad asombrosa, pero también comienzan a percibirse algunos signos de esperanza para la conservación del medio ambiente en este continente.

Este retrato es el resumen del completo nuevo Atlas africano que acaba de publicar el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), con 316 imágenes recogidas por satélites espaciales que confirman que el cambio climático está cambiando el panorama a gran velocidad en África, aunque sólo es responsable de un 4% de las emisiones de dióxido de carbono que contaminan la atmósfera terrestre.


Los conflictos entre los países y la miseria en la que viven allí millones de personas también hace estragos en la naturaleza en la que viven por una cuestión de pura supervivencia.

El atlas, presentado en la reunión de los ministros de Medio Ambiente africanos celebrada estos días, recoge fotografías actuales y otras de hace 35 años que demuestran que las nieves del Kilimanjaro desaparecen, que el lago Chad está prácticamente seco y que los glaciares de las montañas ugandesas de Rwenzori, hogar de los famosos gorilas de Diane Fossey, han disminuido hasta un 50% en unas pocas décadas.

No son los únicos desastres que pone de manifiesto el nuevo mapa. También son evidentes las calvas que se ven en las selvas del Congo, recorridas ahora por cientos de kilómetros de caminos destinados a sacar la madera.

En Madagascar el bosque espinoso ha sucumbido en los últimos 30 años a los cultivos y la necesidad de contar con leña, el combustible de los pobres.

Y los refugiados del sur de Sudán han afectado gravemente a las frágiles colinas de Jebel Marra, un ecosistema único que ha perdido sus árboles y sus arbustos en poco tiempo.

No muy diferente es el panorama en Sudáfrica, en concreto en los alrededores de Cape Town, donde el desarrollo urbano ha hecho desaparecer el 80% de unas especies de plantas que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.

En definitiva, un retrato geográfico en el que cada vez se visualiza más el gris de las grandes ciudades y menos el verde de los bosques, en el que las granjas encogen las áreas protegidas (hay unas 3.000 reservas en el continente), los glaciares se encogen y los deltas se erosionan.

En panorama desolador, sin embargo, hay algunos importantes signos de esperanza. Zonas donde la degradación ambiental comienza a revertirse con esfuerzo de los gobiernos.

Tal es el caso de la restauración de humedales que resultaron afectados por la presa de Itezhi-Tezhi, en Zambia. Un caso similar se ha observado en el Parque Nacional de Diawling, en Mauritania,gracias a un proyecto de restauración que, además, beneficia a los habitantes de la zona.

En Kenia, los satélites han comprobado que se ha reducido la explotación insostenible de sus bosques gracias a las nuevas políticas de gestión, lo que favorece también la captación de agua.

Señales de esperanza
Mejoras se han fotografiado desde el espacio también Túnez, donde se ha reintroducido el oryx, un antílope en grave riesgo de extinción en el parque tunecino de Sidi Toui. Incluso en Níger se ha captado que las secas tierras de Tahoua, una ciudad tuareg en los bordes del Sáhara, los proyectos de reforestación están dando resultado.

Son avances, pero aún pequeños frente al imparable avance de la desertificación, que hace que cada año se pierdan cuatro millones de hectáreas de bosques en el continente y 50 toneladas métricas de suelo por hectárea.

El atlas muestra como la erosión y los daños químicos y físicos han degradado el 65% de la tierra de labranza y que la costumbre de quemar las tierras es responsable aún de muchos fuegos salvajes.

Por ello, los ministros africanos reclamaron a los países industrializados que corten sus emisiones contaminantes más de lo previsto. África produce el 4% de estas emisiones, pero sus habitantes sufren las consecuencias del calentamiento y no tienen recursos para adaptarse a ellas.

Fuente: El mundo.es
ESCRITO POR Roberto Valer

MSc. en Energía, por la Universidad de São Paulo (Brasil), formado en Física por la Universidad Nacional de Ingeniería (Perú). Trabajó en el área de Energía solar en el Centro de Energías Renovables de la Universidad Nacional de Ingeniería y del Grupo de apoyo rural de la PUCP. Actualmente, es miembro del equipo del Laboratorio de Sistemas Fotovoltaicos de la Universidad de São Paulo.

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